A su imagen y semejanza
mayo 7, 2012
Fue durante largas noches, en un oscuro subsuelo, sin más luz que las llamas del horno, Las leñas la trajeron los hacheros, el metal los mineros, torneros, metalúrgicos, ferroviarios, escultores, poetas y pintores. Las costureras elaboraron sus ropas. Docentes, maestras, intelectuales, periodistas discutieron sus ideas. Desde lejos los portuarios trajeron las joyas y las nuevas palabras. Ángeles y demonios templaron su espíritu. Las ancianas de cada pueblito le contaron cuentos, y trajeron mitos a sus oídos. Militares comprometidos con la liberación de su patria hicieron su venia y le contaron de estrategias. Por fin, un siete de mayo de 1919, las voces lejanas del pueblo oprimido, de los descamisados, los humildes, los cabecita negra, dotaron a la gigante de voz. Y con su nuevo timbre se abrió paso entre palabras y relatos, para pasar a la historia. Evita, prontamente la nombraron.
La gigante del pueblo tardó largos años en forjarse, en el subsuelo de la patria que quería liberarse. Muchas generaciones pasaron por esa caverna misteriosa que ofició de taller. Hasta que salió a la luz e hizo historia. Y viendo la ineficacia del cáncer para matarla, los trabajadores, siempre huyendo de las vanguardias iluminadas se dieron a la tarea de forjar una nueva gigante, a su imagen y semejanza.
Cacería en la oficina
abril 23, 2012
Se miran. Un escritorio frente al otro, unos metros de distancia, el lunes recién empezado, ninguna palabra. Se miran, constantemente, el uno al otro, a cada minuto. Se miden, se especulan. Lo alto del techo, la disputa por el aire acondicionado, por la música en la radio, por ver a quién le toca sebarse el mate. Un breve instante de tensión en el que una oficina puede volverse un coto de caza. Una carnicería despiadada, entre la sangre de los expedientes, y la respiración agitada de los monitores.
El conflicto surgió hace más de un mes, y se fue cocinando a fuego lento. En ese lapso la oficina se convirtió en un campo minado de desconfianzas, donde la contienda aspira a resolverse en pequeñas reyertas diarias. En ese contexto el toner de la impresora puede volverse una bomba, el mate una granada y la bombilla un afilado cuchillo.
Al contrario de encontrar solución el conflicto parece agravarse. A la oscura oficina, casi en un sótano, se suma el olvido de ese gigante burocrático en el que se encuentran insertos. Al tedio cotidiano se suma la incertidumbre orgánica de la dirección a la que pertenecen. El aire allí dentro es irrespirable. El director y la subsecretaria se olvidan consecutivamente de ellos. En una especie de isla de la administración central, la Siberia de los expedientes. Y estos dos sujetos que se miran, porque saben que de seguir así, el polvo, los ácaros, las telarañas, el olvido la inacción los fagocitarán. Y su final, a fin de cuentas, no será más proverbial que el primer caso conocido de inanición administrativa.
Secreto de mujeres
marzo 9, 2012
Fue durante la noche, sin brillo, si ruido, un discreto pero preciso ritual. Las mujeres se bajaron de los autos, otras vinieron de a pie, en bicicleta y hasta en carros tirados por caballo. Traían flores, regalos, ofrendas de diversos tipos. Nos se hablaban, pero cada una sabía qué hacer, y lo hacía de manera coordinada con el resto, en un movimiento grupal casi coreográfico.
çVaya uno a saber en qué mesa, en qué unidad básica, en qué casa de barrio planificaron, como todos los años, este ritual. La solemnidad de su silencio, de sus pasos lentos y sus movimientos suaves, además de las flores y los regalos daban cuenta del homenaje. Como si la palabra ensuciara el acto mismo, y la figura de la homenajeada se llevara consigo la posibilidad de nombrarlas.
No hay palabras posibles para decir el dolor y la esperanza después de ella. La madre de las luchas, pario millones. La historia del pueblo quedó mutilada después de su paso, y un vacío profundo exhala el tedio de tenerla en el bronce, y no ya en el balcón, blandiendo el histórico sufrimiento de los humildes, y su reparación, también histórica.
Estas mujeres, aquí de nuevo, en un rinconcito de la patria que quizás no conoció su paso, la honraron.
Con las manos juntas a la altura del pecho, cerraron los ojos y cada una a su modo agradeció su esfuerzo, su paso encantado, poniéndole nombre a la injusticia. Agradecieron, lo mismo que a una deidad.
Síntesis mestiza de religión y política. Las verdades anidan cerca del dolor.
Los cuerpos allí juntos, todos de una misma especie, se mantuvieron quietos por un largo instante, en un ejercicio de introspección individual y colectiva a la vez.
Sin siquiera un gesto de coordinación, y a modo de coro, las allí presentes abrieron sus bocas desdentadas, flexionaron los músculos de sus caras zurcadas por el tiempo y el esfuerzo, en una tarea de metamorfosis colectiva que comenzó entonando las estrofas de la canción Evita Capitana.
Palomas, murciélagos, linyeras, policías, bandidos, remiseros, todos se quedaron quietos ante la emergencia de tal solemnidad. Una fuerza superior emanaba de ese círculo de mujeres, en torno al busto, adornado con flores, cartas y coronas, que se impuso a fuerza de silencio y organización recordando a su mentora, a su decidora, a su abanderada. Nadie chistó, sólo el canto coral de las convocadas por el dolor y la esperanza, sólo el llanto inherte comenzó a moverse en el rostro de algunas de ellas, en aquella misa cantada y secular.
Al finalizar, una de ellas tomó la palabra. El resto escuchó atenta, sin sorprendeser. Pidió por la compañera que la historia abriga, y pidió también valentía para otra mujer grande. “La única entre nosotras que se animó a tomar su bandera, con fuerza, con entereza, por sí misma y por todas nosotras”, dijo reconociéndose en la actual conductora. “La historia no nos regala nada, tenemos que defenderla, cuidarla”, concluyó el imperativo acto de identificación y de resguardo.
Luego cada una retomó su senda. Algunas en carros, otras en moto, bicicleta o auto. Las más de a pie. Rompieron la formación, se secaron las lágrimas, y salieron nuevamente en silencio, casi sin saludarse, como si no se conocieran, o si, pero en secreto.
Diálogo Acondicionado
marzo 1, 2012
Nos quedamos la tarde entera, charlando largo a la espera, el aire acondicionado y yo.
Se quejó de que lo usaran, que no lo preguntaran su opinión de a cuántos grados tenía que estar y de que lo manejaran a distancia.
Me contó los fríos que pasó, y del calor terrible que sufrió. De las veces que se quedó prendido toda la noche, por culpa de algún descuido.
Narro con un gran poder de descripción el tedio insolvente de cada minuto de espera a que su jefe saliera de la oficina para dar por cerrada su jornada laboral.
Habló también del exótico ritual que todas las noches protagonizan los aires acondicionados de todo el edificio, hablándose entre sí, con un canto similar a las ballenas.
Del contrato de servicio con el que aún cuenta, del dificultoso apareamiento en condiciones tan estrictas, y de cómo se le pone la piel de gallina cuando el fresco de un aire que le gusta llega por la puerta abierta y le toca las paletas de su ventilador.
Un mundo insospechado e indescriptible se me abrió la tarde calurosa en que nos quedamos hablando, frente a frente, sin más que hacer que charlar.
Le conté entonces de mis miedos, mis inseguridades y mis apuros. Repasé con profundidad cada uno de mis mundos, y él me escuchó con mucha atención. Buena oreja resultaste, le dije, y se río en una airosa carcajada.
Me confío que además de buen oidor es también gran memorioso, motivo por el que resulta muy valioso escucharlo hablar. Ya que tantos años de servicio carga sobre su cañería, y entre silbido y silbido deja escapar alguna que otra verdad a los oídos de las personas que a la espera se detienen en cercanías a su posición y logran escuchar entonces, algún rumor, algún roce propio de los mentideros, que si hay lugar de encierro para refrigerar el alma es eso un aire acondicionado, porque la memoria de los pasillos en el aguarda.
Y ansi se nos fue la tarde, entre mate y mate
Yo de sereno cuidando que nada pase
Y él de guardia, trabajando para que nada chive
Hablamos largo y tendido, eso si
igual de inesperado como agradable el amigo
Lluvia de tortas fritas
febrero 29, 2012
Me desperté y caían tortas fritas del cielo, así que pensé que sería rico tomarse una buena jarra de agua de lluvia.
Desde el Servicio Gastronómico Nacional indicaron probabilidad de tortas fritas para lo que resta de la semana, pero no les creo, en más de una oportunidad me quedé con el tenedor en la mano mientras llovía sopa, o sin milanesas, cuando sorpresivamente llovió puré.
Tal es así, miré por la ventana la grasa de la capital apilarse en las paredes y techos, vi las flores del jazmin del man sucumbir ante el impacto de los discos de masa frita. Las hojas del banano gigante que duerme por el día, crece por la noche, y asfixia a la casa, estremecerse de miedo ante el avance de la tortafritada. Salí al patio y sentí la sal rechinar en cada pisada, y la boca secarse pidiendo un poco de agua de lluvia.
Es lindo dormir cuando caen tortasfritas, en especial sentir el ruido de las masas sobre el techo de zinc de la casa de mamá, en un ritual de la pobreza enamorada de sí misma, que lucha por cambiar, pero en el fondo ama su condición. Ella siempre me contó de las grandes tormentas en el campo, la inundación con sopa de fideos cabello de ángel; la precipitación de buñuelos en primavera; las mañanas de sol caminando entre milanesas que caen lenta y silenciosamente por las noches con la suavidad de una lechuga, y el puré que todo lo invade en el invierno. Mucho miedo le dan a ella las tormentas. Tal es así, que aún hoy, cuando ya me salen canas en el poco pelo que me queda, ve venirse una tormenta y me llama para prevenirme, e insistirme que me cuide.
En cambio, nosotros, que nos criamos un poco más acá de esas necesidades extremas, la podemos ver el cuadro con algo más de romanticisimo, y disfrutamos ver caer la comida, aún con un furioso ritmo como el de hoy. Y no le pedimos más al día, que dormir cucharita, mientras se precipitan tortafritas hechas por las manos de Díos.
La rebelión de los monstruos
febrero 20, 2012
Nada que objetarle. La barbarie no jode nadie. Se fornican entre ellos, se matan entre ellos y también se divierten. En los albores del siglo 21, negros, gordas, cojitrancos, zancudas, bailarines en alpargatas, patasduras, piquines desconocidos, bellezas del alquitrán, deformes, jorobados, invertidos y trans se festejan su hediondez entre la alegría, el sufrimiento, el llanto y la ignorancia de la enorme prensa que se avecina por el cielo, y aprieta contra la tierra.
Por los arroyos de la ciudad corre agua negra. Los ecologistas gustan decir que es contaminación, pero poco saben que se trata de la sangre de los pobres, que dia a día son sacrificados en las barrancas del antoñico, la santiagueña, etc. ¿y por qué negra? Se preguntarán, ya que la sangre es roja, pero sin ser sospechado por los ecologistas, los pobres saben que es barro lo que corre por sus venas, ya que su alimento no es más que el sedimento que se asienta en el lecho.
El carnaval, el corso, el desfile de la hediondez, el enseñoreo de la barbarie que se engalana en su gueto de la periferia, y en un espectáculo desafiante de la belleza y la normalidad le llena el culo de pasto a la tilinguería barata que canta y nombra a la pobreza, como el ciego que nombra a la luz.
Desfile desparejo, que por momentos no puede encuadrarse en género alguno, resiste las clasificaciones del arte espectacular con el que fuimos educados entre pantallas y teatros burgueses. Una reina del carnaval transexual, plumas deshilachadas, cuerpos cualiformes que derraman carnes, una iglesia que a lo lejos vuelve tolendos esos cuerpos, y el magmático griterío constante de niños, adolescentes jóvenes, adultos y viejos que juegan, se seducen, se pelean, enfurecen… un apuñalado deambuela en busca de un choripan, con su puñal a la altura del riñon, mientras pungas fiolos, matones ya sesinos toman fernet a los costados, entre la admiración y el equilibrio para el nuevo ilícito porvenir.
El pueblo patas arriba, el carnaval popular, trasubstanciación de las ideas, bestiario subhumano que camina por un cauce de pavimento, lecho de carne y piel, donde lo negro se vuelve oro, y al oro se lo comen los rubios, apenas unas cuadras más arriba. Testimonio, postal, manifestación del afuera que pulula y pretende hablar, pero carece de vocablo. Espectáculo innombrable que se resiste al lenguaje, lo mismo que el lenguaje y sus gestores se resisten a él, a su mismidad, y cada tanto dan una limosna creando canciones sobre los pobres lindos…
Retrato
enero 28, 2012
Trovadores del nuevo mundo
enero 24, 2012
hace aproximadamente un año, en un pequeño paraje de Monte Caseros, Corrientes el artista popular Cartucho, santafesino él, me contó esta historia, que viene de lejos, ta lejos como honda es la historial del pueblo.
Aquí va
Expedición
diciembre 28, 2011
Lo que nunca entendieron cuando se sentaron a la mesa es que se estaban comiendo a sus propios compañeros de expedición. A aquellos con los que tan sólo unos días atrás compartían el viaje, pero dejaron de ver por motivos que prefirieron adjudicar al arbitrio de la necesidad, o a la torpeza de esos compañeros, a su falta de claridad para decir su rumbo, ponerlo en palabras, y pelear al silencio de la nueva tierra en la que se introdujeron, todos juntos, a sabiendas que era zona de caníbales.
Se llenaron la panza en un ritual no alegre, pero si satisfactorio en el que dieron por sentado que la razón está de un lado, y también que comían carne vacuna. Que allí está la barbarie y aquí la civilización, y que si la barbarie no se pudo formular es porque no quiso hacerlo, nada tuvo que ver la civilización en ese proceso, porque después de todo la palabra es natural, la poseemos todos por igual, y además, todos somos iguales, así que nada que criticarse, por eso llegamos hasta aquí.
Los conquistadores no sintieron incomodidad en ingerir uno a uno los trozos de carne asados servidos en bandeja por un negrito mimado al que también retaron, no sintieron incomodidad y eructaron después de reír y golpearse las espaldas por haber llegado: una lástima que los otros no, recordaron, y al final de cuentas pensaron:
“No hubo nadie tan inteligente como para sacarnos de nuestra propia estupidez, por eso está probado que la nuestra es una estupidez con capacidad de liderazgo”, se dijeron mientras dentellaban, sin saberlo, el lomo de un tripulante. Algunos reían, y festejaban la ubicuidad de su ingenio, otros preferían mantenerse atentos. Pero la fiesta envolvió al concilio durante la larga noche de verano en aquel ignoto territorio casi tropical, donde sólo sonaban grillos, ranas y ventiladores.
Sirena roja
diciembre 17, 2011
Abro los ojos para ir a trabajar y la rutina se resquebraja seriamente: una sirena de escamas rojas duerme a mi lado. Tal como en las películas o en los dibujitos animados, su torso está desnudo, pero su cuerpo de pez es colorado.
No parece sufrir nada el estar fuera del agua, por el contrario la escucho respirar fuerte, como si estuviera mal soñando. Se da vueltas con un poco de brusquedad, se hace a un lado al otro, y se enreda con la frazada.
Desconozco el preciso instante en que se metió a mi cama, si por la puerta subiendo la escalera, o con la lluvia, tal vez, por la ventana. Intuyo que debe estar cansada porque duerme profundamente, sin prisa, pero con saña.
Temo varias cosas, pero principalmente una, y es que se vaya, porque es hermosa. Aunque me temo también que despierte y sus encantos de fábula me cieguen. Se acerca la hora de ir al trabajo pero yo inmóvil no puedo dejar de mirar su espectáculo.
Su piel de otro mundo, sus escamas relucientes, y la furia de su rojo envuelta entre las sábanas, sirena durmiente. Me acerco despacio a tratar de besar su cara, y una salpicadura de mar inunda mis labios.
Sirena de otros mares, tu estadía en mi cama, es corolario de qué extraño ocaso. Cuál es tu misión, para que enciendas fuego en mis fríos sueños de sempiterna soledad, cuál es tu intención de dormir a mi lado, sirena de fuego.
Las cortinas violáceas, la frazada también roja, que la envuelve y camufla, palidecen de envidia, de su belleza onírica y su rostro de cielo sobre la almohada ahora salina.
Intento besarla, nuevamente, y mis labios viajan al interior del mar donde sólo horizonte hay. Intento besarla, una vez más, y hunde ella mis pensamientos en las profundidades de su agua, me captura, me lleva de viaje, me transforma y devuelve a la superficie, a trabajar.