conversaciones con el mal y el malo

octubre 26, 2008

El malo tiene el delantal manchado de sangre. Sus ojos están perfectamente delineados, dibujados, con una tonalidad fría. Sus parpados tensos. Puede verse su mirada taxativa, hiriente, una mirada de metal, una hostilidad que su sonrisa entrenada y dulce no puede suavizar.

Las arrugas de su piel también están delineadas, pareciera que cada músculo de su rostro estuviera adiestrado para moverse de determinada manera y no de otra. Para hacer de su cara una operación constante, sin más intervinientes que su voluntad y racionalidad aplicadas al máximo. Una cara sin respiros, sin huecos, sin polisemia, sin aire, sin oxígeno; una cara que al mirarla no permite más que un sentido sólo. Es decir, una cara que lo atropella a uno. Su rostro, y por tanto su presencia, no permite mas que recibir un sentido único, y justamente eso, recibir. Su diálogo es monologo, y su monologo se reviste de comunicación. Su palabra es el cinismo.

Cuando lo vi se encontraba ensangrentado. Las manos y los brazos, hasta la altura de los codos. Su delantal y el resto de su ropa alternaban manchas muy recientes, y otras de las que la crueldad del tiempo solo tiene memoria. Hacía pocos minutos su presa había muerto, pero ya la carne se encontraba negra, enferma, bajo la respiración agitada de aquel monstruo que la seccionaba utilizando para ello una palabra, como suele hacerlo. Con el rostro desdibujado por su calamitosa insania, el vértigo de su enfermo placer.

Sus cuchillos son las palabras. Con ellas corta y despedaza el cuerpo de sus victimas. Las hace añicos. Su especialidad es no matarlas, sino descuartizarlas hasta que el cuerpo cae muerto por la intensidad del dolor; o por obra de un paro cardíaco; o desangrado. La muerte en él es efecto de acontecimientos en los que procura no participar. El malo, el monstruo, no mata. Su arte es la distracción, con ella elude las responsabilidades, mientras su presa muere por el efecto envenenado de los términos que el malo esgrime y lanza con precisión. Nada puede hacérsele, un edificio de palabras y ordenamientos lo resguarda, lo cobija y lo promueve.

El malo es tierno, vil pero dulce, el monstruo seduce constantemente, desde el timbre de su voz, hasta el brillo de su cabello. La danza de su cuerpo y el aroma de su entonación. El monstruo es toda una orquesta, perfectamente calibrada. Y su director es el dolor mismo. Es él quien desde las entrañas de su horrenda biografía lanza las órdenes que llevan al monstruo a destruir, a dañar, maltratar y por fin dar por muerte a sus presas.

El monstruo se alimenta a base de personas. Es un monstruo antropófago. Pero a diferencia de las viejas prácticas de la antropofagia autóctona, el monstruo no fagocita las partes esenciales de los cuerpos de sus victimas. Su depredación es irresponsable, lo suyo es destruir vida, nunca alimentarla, mucho menos fortalecerla.

El monstruo vino a estas tierras dotado de una gran capacidad desertificadora. Su música es el silencio. Su ecología acústica no es tal, se encuentra contaminada. El paisaje del monstruo sabe de dolor en las huellas, de árboles retorcidos y de caminos sin desembocadura. Pero es un dolor terciarizado. Un dolor que el monstruo debe compartir, es la propagación de su propio estigma. El monstruo desea mellar la carne de los demás, con el mismo tajo que hiere la suya, y que no le permite moverse sin el dolor punzante de sus lacerados músculos. El monstruo lucha por liberarse de aquel dolor, pero lo hace volcándolo en los demás. Como si la sustancia de su padecimiento fuera finita, y pudiera verterse en otros cuerpos.

El monstruo hace de las palabras simples herramientas. Objetos de metal que sirven para un fin determinado. El malo hace de ellas las armas para el mal. Y del lenguaje una artillería para la muerte. Sables y bayonetas abundan en su discurso.

El monstruo mira y se sonríe. Sabe que sé, y que pronto se ocupara de mí, tanto como de muchos otros. El monstruo se desnuda lentamente, y deja al descubierto su fino pelaje. Se embarduna el cuerpo con la sangre y las viseras de su reciente victima. Aquel cuerpo despanzurrado pende ahora de una pica. El monstruo lo ofrece al viento, para que exhale el perfume de su muerte por derredor, y sepan todos que aquí reina su dolor.

elnico

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