Una ida y una volvida

enero 16, 2009

 
una del negro y sus viajes negros… porsupuesto, un viaje de ida, subite!

      Y ahora estoy aquí, confinado en las paredes de quiensabequé y quiensabecómo. Somos, dejamos de ser, y volvemos a ser mundo. Mundo… tan solo una palabra, y a la vez un mundo de palabras. Es increíble como podemos nombrar con un fonema diminuto todo un sistema de relaciones vitales. Quizá eso que llamamos mundo es para nosotros nada más que ese entorno inmediato de relaciones vitales al que estamos conectados. Al fin y al cabo, todo es cuestión de tierras y territorios. Y un territorio se define no solo por cómo se entra a el, sino también por cómo se sale: como ingresa el tiempo, como sale, como ingresan las amistades, como salen, como transitan los problemas, y como se resuelven. Yo hice un viaje que en lugar de kilómetros tenía colores, sabores y aromas; salí de mi habitus para buscar un hábitat. Mientras hacía con mis amigos los cientos de kiloaromas, kilocolores y kilosabores que debiamos recorrer hasta el lugar indicado, me fui percatando de algunas mentiras, ¡qué falsa idea esa de que uno se ve siempre igual!, no falto momento en que mi cuerpo trabajara a nivel micromuscular, cientos de nuevas articulaciones que me quitaron esa armadura de marioneta que llevamos siempre puesta. Hay una gimnasia cuerpomental en la fuga de un viaje porque -me he detenido a observar- el espacio que somos es también el cuerpo que vivimos. Estamos tan inmersos en el ecosistema de un árbol, un río y una piedra como en el ecosistema social-humano. Estamos tan lejos o tan cerca de otros humanos como lejos y cerca de ese bioma ambiental que nos atraviesa e interconecta.
      Yo aquel día partí, era Enero y hacía mucho calor. No eramos más que nómades buscando agua potable y un poco de sombra. Cuando los autos llegaron parecían burbujas de goma flotando en grasa urbana. La urbe es un lugar fantástico pero tambien suele contaminar el ojo y los oidos cuando se vuelve presa de una monotonía de asfalto y carromatos a combustión. Combustión espontánea fue la de nuestra partida, eramos siete y todavía lo somos. Pero siempre éramos más y éramos menos: ¿cuándo se puede sumar seres humanos sin errar en la cuenta?. En fin… fuimos los que fuimos y estabamos presa de una algarabía que hacía temblar la ruta. Partimos y un análisis inicial de los motivos parecía arrojar un perfecto acto de voluntad, autodeterminación pura si queremos llamarle así. Paralela a esta sensación arribó un sentimiento de conexión grupal que lentamente diluía la falsa creencia de que había una fuerte voluntad individual motivando cada paso que dábamos. Llego el momento en que comprendimos toda la cuestión, aunque no sea de forma imaginaria y cuasi metafórica, pero esas suelen ser las formas en las que primero captamos todo, lo figuramos para entenderlo un poco mejor. Ese momento nos hizo percatar de algo importante: eramos siete pero a la vez dejamos de serlo cuando nos transformamos en algo más que solo personas. Algo más allá de nosotros nos empujaba sigiloso. No se puede descartar así como así todo un submundo de lo onírico y lo místico en cualquier viaje. ¿Quiénes somos para arrogarnos el único acto de volición a lo largo y ancho del globo?, ¿quiénes somos para creer que lo que hacemos solo produce esa clase de consecuencias que podemos ver?, ¿y si acaso hay microefectos no visibles e inpalpables a la sensibilidad cotidiana?. Tribu, clan, colectivo, caravana, no fuimos a buscar las tablas de la ley, pero regresamos con libros de arena y la suficiente arena en los pies como para traer un pedazo de playa con nosotros. Los talones mellados de pisar tanta piedra y el sistema nervioso suspendido en una médula de aire. El Uruguay es río de los pájaros según dicen, y tanto es así que fuimos allí a tramar algun que otro nido. Un nido, solo para aclimatarnos, un nido para despues arrojarnos y aprender a volar. La naturaleza enseña muchas cosas, y cuando creemos que ya hemos aprendido todo, nos enseña que aún resta mucho. Eramos siete y fuimos a acampar, allí donde plantamos nuestra mesa enseguida sobrevino la sobremesa (y la premesa, como corresponde) y todo ese espacio devino en un gran capullo. Un capullo, si, nada más y nada menos, un refugio de insecto, una cueva de oruga. Cada grupo humano fabrica su propia tela donde narrar sus historias, así lo hicimos nosotros también en aquel gran capullo que lentamente iba dejando paso a la fibra más refinada de nuestro telar. Una fibra pastosa -habría que decir- que con viscosa vocación de saliva iba amalgamando nuestros relatos entre sueños, deseos, ideales narcóticos y derroteros del amor.
      Sonaba la Bersuit, pero de tanto en tanto también los Redondos o Charly, algun fogón nos cautivo con la erótica cadencia de mujeres que ardían como brasas, sus cinturas descifraban un código de fuego que solo la luna podía entender. Para el resto de nosotros no había entendimiento, solo juego, solo una delicada seducción de sombras que mordían, furiosas, las rojas carnes femeninas. ¿Pero qué se le puede pedir al sexo sino un hechizo de placer sobre la arena?. El mundo podía terminar ahí a dos playas de la nuestra, pero eso no lo supimos ni nos interesó. Lo único que yo sabía era que el mundo se había transformado en una extraña fotosíntesis con eje en ese fuego que reía del viento. Antorchas satélites tambalean de aquí para allá cerca de él y le piden permiso para desnudarse. El tiempo dejó de lado la soberbia de los calendarios, me di cuenta que un día empieza y termina cuando las piernas y los ojos lo dicen, aunque el sol ayuda a despavilar los músculos que atrofia la noche. Mientras tanto, Colón seguía siendo Colón, y el río Uruguay se llevaba nuestros cantos a parajes ignotos.
      Volvimos, o al menos así lo creemos. Pero de los viajes no hay retorno posible. La vuelta no es desandar la ida, sino que es una nueva “ida”. No se vuelve sino yendo, y esto porque los viajes son espirales, nunca pisamos el mismo punto dos veces, pero al menos sabemos donde hemos pisado. La vuelta de una ida es siempre un firulete, un rulo espacial, casi un rizo sublunar. Todo viaje ocurre más allá de un ir o un volver. Quizá un verbo nuevo como “volvir” debería nombrar aquella experiencia metamórfica. Y así nosotros entramos y salimos de un territorio, pero no ingresamos de la misma forma que lo habíamos hecho antes. Eramos siete, y aun lo somos, pero ahora somos más y no podemos evitarlo. ¡Qué buen viaje!. Son buenos tipos mis amigos.
 
conga monkey nigar.
16/01/09

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2 Responses to “Una ida y una volvida”

  1. romanscattini@htmail.com Says:

    Volvir, eso me gustó mucho, una categoría para pensar el mundo y sus andares. Abrazzos.

  2. leprofeseur Says:

    jeje!, si cualquiera!… Tengo otro que no se si el nico lo pondrá en el guisón, pero también esta muy bueno. Son escritos que surgieron al calor de el viaje que hice a Colón el cual, además de tener toda su cuota de joda y chupi, también la tuvo de mística…

    abrazo vieja!


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