Tantas historias de nada y tanta nada de historias

abril 13, 2009

(si ya sé. Se me fue un poco largo, pero bueno, había que sacárselo de encima. igual es llevadero. espero que les guste)

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–Hey che, estas volando. ¡Loco, estas volando! Mirate ¡estas volando!

–Es verdad, tenés razón. ¡Huy, no lo puedo creer! No te das una idea de las cosas que estoy viendo desde acá, el barrio, mirá el polideportivo, la despensa de quico, toda la ciudad, sus árboles, todo!!!!

–Hey para un poco llevame, ¡hey chabón, no te cuelgues esperame, llevame, no sé, algo…! ¡Locooooooo!

Volar no es tarea sencilla, pero la experiencia (ajena, porque si hay algo que no puedo hacer es despegar mis plantas del suelo) me demostró que una vez en pleno vuelo tampoco es fácil darse cuenta que uno esta volando. Si claro, volando. Es decir, que uno esta en el aire, como los pájaros, y justamente, como los pájaros de mayor vuelo. ¿Qué es lo que no le permite a uno darse cuenta de tremenda hazaña?

Volar es tarea de los pájaros y de los ángeles. Es un carácter casi divino. Pero lo divino no nos viene de arriba, por revelación, ni mucho menos. Volar nos viene de abajo. Desde la tierra que somos y desde sus alimentos. Desde el ejercicio del cuerpo y de la mente. Sólo con una nutrición acorde, esto quiere decir una nutrición de todos los sentidos, podemos lograr que nos vayan creciendo las alas. Hace falta tener la mirada de un ave, la agilidad del viento, el oído de la tierra y las palabras mágicas. Curiosos vocablos que trenzados unos con otros en un raro macramé convierten a la oración en un motor hacia el cielo.

En este caso particular, mi amigo, reciente volador, reunía incipientes todas estas características. Su escucha atenta y silenciosa se conjugaba con una mirada detenida y decidida. Más tarde sus palabras eran certeras, con una voz gruesa y sonora que repicaba en las barrancas que conducen al río, para navegar luego sobre la piel de aquella gigante víbora de agua y barro. Pero dos cosas lo atormentaban y ataban, no le permitían casi volar o disfrutar de su vuelo: por un lado no reconocía su propia obra, el tamaño de la aventura que inicio y que él mismo esta llevando adelante, sin más herramientas que sus manos, sus palabras y su propia voluntad. La curva del camino que ha emprendido, y la dimensión de su empresa. No notaba la reacción de la naturaleza ante su paso, que se abría serena y sabia. En segundo término unos lazos invisibles lo mantenían anclado a esta realidad. Unos lazos que él mismo ha creado y que tampoco reconoce como suyos, pero que no se originan en su interior. Son cadenas que lo anclan al seguro terruño para tratar de paliar el vértigo que las alturas le producen al espíritu.

Todo el oro alcanzado al volar, toda la maravillosa adrenalina de desafiar al mundo, aquel inabarcable acto de ingravidez y de rebeldía era desechado por la amarga y terrena sensación de vértigo que le causaba estar lejos de su patio, de sus afectos, sus relatos, sus maneras de mencionar y de mencionarse, de sus costumbres y herrumbres. Y quizás, ahora que lo pienso, halla sido eso lo que le impedía darse cuenta que estaba volando. Justo en el instante en que se coronaría rey de esta tierra, se recluía en el seno materno para intentar volver a ser un niño. Nadie más que él mismo podía detener su imperiosa labor.

Siempre, desde que éramos unos infantes babeantes implumes soñamos con la posibilidad de volar. A la magia de las aves muchas veces se superponía la violenta atracción que causaban los aviones de guerra y sus cuantiosos relatos heroicos. Pero de alguna manera, y dejando de lado las concesiones a las que nos obliga el sistema una vez que entramos en la madurez, siempre, siempre guardamos en cada uno de nuestros actos y en cada una de nuestras decisiones la necesidad de aprender a volar.

Muchas cosas nos fueron pasando en el medio y los caminos sin definirse aún me permitían ver su cercanía con las alturas, su oficio de creador. Por ello me sorprendí mucho cuando aquella tarde, en el patio, bajo la sombra de un tierno fresno me aseguró “si de andar desinflados se trata yo ando como medio así… y algo que me emociona en este momento es la posibilidad de salir a la ruta y hacer algún camino” . Un despropósito me pareció, o es que este tipo no se dio cuenta que estaba volando en el preciso instante en que me lo dijo. Me quedé boquiabierto cuando lo ví elevarse, a la vez que me iba relatando su fastidio cotidiano: “tengo circuitos viciosos que no me dejan pensar (…) y mientras tanto me voy perdiendo en cosas que no hablan por mi, y trato de buscar mis voces que no se donde se fueron”

Ahí fue cuando me anime a decirle:

–Hey che, para un poco, estas volando. ¡Loco, estas volando! Mirate ¡estas volando chabon!

–Es verdad, tenés razón. ¡Huy, no lo puedo creer! ¡No te das una idea de las cosas que estoy viendo desde acá, el barrio, mirá, el polideportivo, la despensa de Quico, toda la ciudad, sus árboles, todo!!!!

–Hey para un poco llevame, ¡hey chabón, no te cuelgues esperame, llevame, no sé, algo…! ¡Locooooooo!

Para cuando se lo dije ya estaba perdido entre las nubes, agitaba sus extensas alas con brusquedad propia del principiante, y también daba pasos, como si debajo tuviese algún suelo sobre el que caminar. Y sin duda que lo tenía, pues eran sus palabras, sus voces, eran sus manos las que habían hecho de las nubes un camino, y que a la vez surfeaba sobre olas del viento y atravesaba las tormentas, y perseguía a los canallas, con su cañon de futuro. Pero sólo cuando advirtió su labor, su empresa, sólo cuando se reconoció como el creador de sí mismo y de cuanto lo rodea, vio aquella ruta, aquel camino, y encontró sus círculos virtuosos, y las voces que le hablaron de él.

elnico

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2 Responses to “Tantas historias de nada y tanta nada de historias”

  1. arielo Says:

    Estas volando loco!!!!

  2. Tom Bombadil Says:

    que bueno un poco de viento, pa’volar!… y que bueno encontrar voladores que hablen sobre el vuelo y sus voladores.

    na’ mas que decir (por suerte), el resto está a la vista.


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