La madre de todas las luchas

marzo 31, 2010

Casi una semana después cuelgo esto acerca del 24 de marzo. Es un trabajo práctico que nos pidieron para la facu, a mi me salio lo que acá abajo figura. Son mil y pico de palabras, un profesor de literatura amigo, bastante instrumental él, dirá que es muy extenso para la fugaz lectura de la internet, yo lo pongo igual, de puro rebelde.

Aquí va, con todos sus vicios de romántico escrito.

Espero que les guste, y a los que no… que se manejen

un abrazo fuerte

elnico

24 de marzo

Alegría. Una inmensa alegría me inunda mientras camino embelesado entre las personas que componen la marcha del 24 de marzo. La esquina  de Carbó e Yrigoyen. Las tipas altas, testigos de tanta marcha, de tanta palabra, de tantos actos por la justicia, por la verdad, por la memoria y la identidad. La iglesia del Sagrado Corazón, no sé qué dependencia policial, la estación de servicio, el restaurante de la esquina. El escenario es siempre el mismo. El reclamo quizás también. Las personas a veces cambian. También están los de siempre, los obstinados, los convencidos, los doloridos, los melancólicos, los mitológicos, los ambiciosos, los renuentes, los inapetentes, los que simplemente no la cazan, los que la cazan pero se les escapa la tortuga. En suma, los indispensables, y también los insoportables.

En el centro, sólo en el centro, en el núcleo, en el epicentro de esta movida, el monumento emana su calor de piedra honda. La forma superhuamana de sus brazos, la ausencia de esas siluetas desesperadas. La bandera de piedra desplegada al viento como la seda más fina. De colores vivos y radiantes se tiñe su aparente gris sepulcral. El monumento tiene vida, late, con los pasos de la marcha. Que es parecida a la marcha de la historia.

La marcha se pone en marcha. Lenta y grumosa, bulliciosa, colorida y desprolija. La marcha mancha la calle con su cuerpo de serpiente, de ciempiés, quién dice cien ¡milpies! milesdepies. Zapatillas, zapatos, ojotas, patadesnuda, zancos, ruedas. Ninguna bota. La cámara se pasea por lo bajo de la marcha, al sur de las rodillas, allí donde reinan las canillas y los juanetes, las patas caminan a pasos dispares. Pisan las patas las palabras que caen como las hojas en el otoño reciénvenido de este marzo 24. Pisan las tabas la hojarasca de palabras y se levanta poco a poco el polvo de la protesta. Alegría nuevamente. Ninguna bota. Ninguna gorra (o tal vez si, pero lo suficientemente disfrazada, esas siempre están)

Alegría, reverenda alegría. Giro la mirada y hay amigos por todos lados. A muchos conozco. Nos saludamos, charlamos, nos medimos, preguntámos “¿dónde estás militando?” “hace tanto que no te veo”. Me desplazo entre columna y columna. Los carteles inmensos delimitan el territorio móvil de la marcha, la geografía de ese gran continente que es el 24 de marzo, que nos incluye, nos sintetiza y nos complejiza. Ese gran continente que nos incluye y significa, que nos devuelve históricos, embarrados hasta la médula en el fango de la historia. La marcha se mueve despaciosamente, al calor de un magma inaugural, las columnas, esas placas tectónicas, platónicas, ideológicas, chocan, se rozan, se mezclan. Esas placas que son historia, presente historia circular, también son tierra y sangre, tierra y libertad.

El 24 de marzo es ahora Día de la Memoria. Y más allá del esfuerzo, la buena voluntad, ninguna denominación es suficiente para significar las emociones que genera el 24 de marzo en todos nosotros. Este es un feriado díscolo. Una fecha que no se deja nombrar. Una conmemoración no soluble en el discurso patriotico-escolar. Escapa a toda denominación efemeridezca. Tal vez sea el dolor, el horror, el recuerdo de los compañeros muertos, desaparecidos, exiliados, el ruido estridente de las armas,  las metralletas, la bota, la figura helante de los uniformados en las calles, controlando, el toque de queda permanente, la voz de Videla por los altoparlantes del estadio, la barra que festeja y en cada gol se nos va un compañero. Kempes, tristemente apodado “el matador”. “La memoria no tiene feriados” reza una pared, pero faltó agregar: usualmente los feriados no tienen memoria. Este sí.

Volvemos. La marcha ahora retoma su historia. Su cauce de pavimento, el barullo de sus  gargantas, cientos de voces, que le arrancan significados a la historia. Las consignas tallan palabras en la corteza del tiempo, y enlazan el amor urgente de un pueblo con su memoria, pausado, doloso y grumoso trajín el de la identidad. Carbó hasta Belgrano, después caminamos hasta 25 de mayo, y luego hasta el Casino, de espaldas al ejército.

–¿por qué cantamos el himno frente al casino? -me preguntó entre absorto y avergonzado un amigo en su movilización bautismal.

El paisaje móvil de la marcha se desplaza irregularmente. Por momentos se aglutinan los cuerpos, las voces, sus olores, sus palabras. En otras ocasiones, y por fuerza (o debilidad) de los argumentos, la marcha se va extinguiendo en algún punto hasta que parece cortarse, dividirse en dos marchas, que llegarán en momentos dispares hasta su destino. Triste la historia de esta marcha histórica, si se mancha su marcha de unidad en la lucha y la memoria. Pero siempre están los cuerpos que atentos a tal peligro ocupan el vacío con un estruendo de movimientos. La marcha tiene un núcleo, de gentes con fuerza y paciencia, y en derredor se agitan tumultuosos y en órbitas dispares, cientos de partículas de discurso en bicicleta. Hay los que caminan dentro del cauce principal, y los que salpican sus pasos por las costas-veredas.

La marcha se detiene en la catedral. El conflicto se tensa un poco más. Disparadas desde el centro del tumulto salen al frente feministas con sus consignas por igualdad:

–¡Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir!

Los aerosoles, a gran velocidad, llevan a cabo la disputa semiótica, y la pelea por el espacio público. Los “defensores” de la catedral (y de todos sus atropellos) bajan las escaleras para poner freno a la turba. La situación se crispa bastante. Hasta que alguien con buen ojo tira las riendas del carro, y la marcha retoma su paso lento, dejando tras de si el tumulto de las palabras polvorientas, huellas del malón, que occidentales y cristianos se apresurarán a barrer. Un barbudo con gorrita colgado de un poste de luz arremete con su última lanza: ¡iglesia, basura, vos sos la dictadura!

La madre de todas las luchas cumple su recorrido, pasando por la prolija y silenciosa Universidad Católica Argentina, y por el domicilio de Uzin, el facista emblema de esta ciudad. Al dar la vuelta la esquina llega a su destino. Frente al palco ubicado junto a la placa recordatorio de los compañeros desaparecidos, en la orilla de la Plaza Alvear, continúa la disputa por la historia, las banderas y sus luchas. Las organizaciones se ubican, deciden a los compañeros encargados de comprar las cervezas, escuchan o no el documento más o menos consensuado, y en algunos casos se desplazan disimuladamente para ganarle terreno junto al palco a otros grupos. Mientras tanto, la plaza es el valle de inundación de la marcha. En sus canteros, sobre el pasto y los caminos multiplicidad de cardúmenes comparten el trago y la palabra. Organizan actividades, planean encuentros y algunas parejas se encuentran por primera vez en sendos besos. Amor y rebelión.

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3 Responses to “La madre de todas las luchas”

  1. mabel ochoa Says:

    muy bueno , noto cambios, pero la sensibilidad del evento se trasluce en cada párrafo, también esa manera descriptiva que tenés y te hace único, gracias Nico, vas creciendo y puliendo ese escritor rebelde insolente que llevas dentro.
    Abrazos desde Catalunya!

  2. negro Says:

    buenísimo loco, un encuentro feliz, un orgullo saber que hay compañeros como usté capaces de sintetizar, apalabrear y multiplicar de tales maneras los sentires del malon. Lleno de sutilezas, tal y como le delatan sus últimas plumas en el blog -tal y como me gustan los textos-.
    Grato producto el de la memoria, si habemos los que entendemos las cosas de esta manera, tal como están en el artículo. Perdón lo enrevesado, me salio así, y de paso pensé en la atmósfera de la memoria, en una memósfera, porque da la sensación de que está hablando de un bicho vivo en aquel 24. Y si que lo es.
    Supongo que te habrás enterado del asesinato reciente en Rafaela de Silvia Suppo, testigo crucial en la causa Brusa. Oscuro retorcijón de tripas para los argentinos, oscuro y silencioso. Nunca más, nunca jamás, hay que seguir repitiendo hasta encontrarle el hueso al asesino. La memoria, al fin y al cabo, es tan esencial a la democracia como el pueblo mismo.

    un abrzo

  3. arielo Says:

    che viejo, estoy leyendo atrasado tus posteos…. muy bueno, muy bueno….. qué lindo encontrar estas joyas, estas miradas.


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