arribando en alguna costa

octubre 26, 2010

tan sólo un momento el negro cuco se bajó del cardumen, ingreso a la raida habitación, y me dejo una esquela con esto mitad poema mitad prosa. Aqui va, una delicadeza:

hoy es uno de esos días

en que escribir es una cuestión tan simple y necesaria

como hablar, como mover la mandíbula y fabular…

esos días en que queremos contarnos algo, más no sea para amasar el recuerdo, y darle forma de palabra al crudo arcilloso de los sentidos.

Siempre que algo llega a tu vida lo hace de distintas maneras. Algunas cosas vienen como rayos estruendosos, otras como hormigas confundidas en la hierba, otras como relámpago fugaz y cegador. Y tantas otras maneras… como apariciones, o sorpresas que tocan a la puerta, o felinos que pasan del acecho al salto veloz y letal.

Yo creo que ella se aproximó como un pájaro, o quizá como una pluma arrastrada por el viento.

visitante?, mensajera?, mujer en migración. Y yo asi, un poco más piola después de tanta rosca sin fin, la recibí con los brazos abiertos y la mirada curiosa. La mirada del asombro, mezcla de ansiedad con entusiasmo y algo de temor. Es que no hay con qué darle hermano, hay encuentros donde uno presiente que algo va a cambiar.

Son pocos los que llegan hasta tu guarida y revuelven allí los recuerdos, las miradas, los sentidos.

Como un delgado hilo de agua, paso por mi orilla, se metio tierra adentro y anunció la corriente del río profundo que se avecina detrás. Me tumbó algunos alambres herrumbrados de esos que llevamos en la cabeza, y también un par de maniquíes añejados al polvo de armario.

El paso fugaz de su correntada se llevó algo de mi. No se qué. No se qué. Pero allá se va con ella y va dejando un rastro de luna sobre el lomo del monte.

Ahora estoy acá, muerdo la madera de la puerta y sacudo los trapos anidados en el suelo, los muerdo con furor, los interrogo, a ver si encuentro en ellos algún rastro de lo que acaba de pasar. Pero mudos, dormitan en su silencio. Solo puedo reconocer la mueca del colchón, la sonrisa en las alpargatas, los tablones, la ventana, todos miran la flor blanca que pende de la cerradura. Una flor silvestre en lugar de una llave. Y la cerradura queda desarmada.

nGr

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