éramos tu y yo

abril 8, 2011

Como siempre, un escrito no es mas que un intento errado de decir algunas cosas que pesan hondo dentro de uno. Aqui va este caso, mezcla de alegría por decir algo, y tristeza por no alcanzar a decirlo todo. A continuar diciendo. Ah! y disculpen la cursileria, pero en la radio estaban a full con los románticos tan de moda, y uno no es de palo, ¿vio? jijiji

 

entonces, cuando hayas decidido volver hacia mi, dirigiras tus pasos hacia mi puerta, golpearas la aldaba y el aullido sordo del vacio respondera tu llamado. las paredes renegridas por el fuego te hablaran y el yuyal, siempre alto y joven, no será mas que un manchon negro. los restos ya frios del incendio y unos cuantos versos sobrevivientes esparcidos por el patio serán los encargados de decirte adios, de mi parte.

sonarán en el silencio cavernoso de una casa en desuso tus palabras repitiendo mi nombre. veras tu rosotro otro reflejado en el agua acumulado en el comedor y quizás entonces hayas visto que el tiempo no pasa etéreo y estéril, sino como el viento caprichoso y barulliento, desparrama sus deseos y mueve montañas, incluso mi casa, esa misma que nos cobijo en el abrazo cálido del amor.

viajaré lejos, sin tiempo cierto, ahuyentado por las llamas, con mi renguera a cuestas. viajaré también por el deseo mismo de conocer, y escuchar nombres nuevos que me ayuden a entender. nada será igual, cuando tu vuelvas, porque el mundo no se detiene hasta que tu estes a salvo de ti misma, más bien, como dice la canción, yira yira, y en ese yirar yirando vamos transformando nuestro oro en plomo y nuestro aplomo en plumas para aprender a volar, lejos del incendio y la humedad de las paredes oscuras.

Quizás ni te inmute, tal vez voltees sobre tus talones y continues canturreando aquella melodía tan de moda. O quizás prefieras recorrer la cocina, el pasillo, las habitaciones, el patio, debajo de la enrramada, trepada a esa vieja e insólita acacia, donde aún alumbra el sol por las tardes del invierno, cual frazada de nosotros, los pobres. Y si oyes un soplido debil y lejano provenir desde el galpón, si acercas tus pasos hasta esa incognita abierta, veras mi recuerdo colgado contra la pared, como vestimenta antigua, testimonio de mi paso por este mundo, por este espacio y este tiempo. Será mi rostro el gesto de la finalización, la tranquilidad de una dulce historia terminada, en la que no faltaron enojos y peleas, pero sobraron los abrazos y las palabras.

Ahora, cada tarde de verano en la que el agua de la manguera riegue las baldosas acanaladas, y el calor húmedo envuelva la existencia, recuerda mi nombre en la puerta, epserando que le abras. Y en mi viaje eterno, de consabido vagabundo, sabré de ti, cuando nos conocimos aún desnudos de palabras, y fuimos tejiendo ese lazo antiguo de alegría y plenitd.

 

elnico

 

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