Frankenstein criollo y poeta, carajo

junio 13, 2011

La miró como sin entenderla, y la envolvió con un pañuelo raído, cansado ya de tantas peñas. Lo deslizó suave por la nuca de la piba, con elegancia también, a pesar de su aparatosa osamenta de bestia añeja, no perdía las mañas el zorro peñero. La envolvió con su pañuelo, sin perder el ritmo de la samba, y miró al público, con la alegría de un chico, con la sapiencia de un experto, y la hidalguía que sólo la llanura de la pobreza puede proveerle, rebosante de dignidad.

Su figura se reconoce fácilmente. Enorme, todo un edificio a punto de caerse en cada instante. Como si no pudiera sostenerse en pié, todo él un cuerpo calamitoso al borde de la crisis, de la implosión, o del simple derrumbe. Pero no, siempre no, nunca le faltaba una artimaña para escapar el default, sobrellevar la crisis, y con la paciencia de quien se conoce hasta el tuétano, con la tranquilidad de saberse hondo y silencioso, recomponía el paso, sin por eso perder la costumbre que se le han vueltos las sambas y las chacareras, incorporadas hasta en los huesos, casi una respiración para ese cuerpo de pulmones briosos, y brilloso plumar.

 No usó papel, mucho menos un lápiz, o tinta alguna, sólo la realidad, él, la música, las mujeres, los amigos, los cantores, de ahí mismo nace el poeta. No usó papel, pero lo vi zambullirse de lleno en la creación, cuando callado retrajo la mirada como para adentro, borracho ya de tanta feliz realidad y su continente entero hurgó entre los términos. No le hizo falta más diccionario que el corazón, rebosante de la alegría del folclore, que lo convoca, lo anima, lo transforma y lo cobija. Su casa, su morada, su pluma, su musa, el amor, quizás tan sólo eso, el folclore para nuestro Frankenstein criollo y poeta, bailarín, un gran seductor.

Subió tranquilo en sí mismo, tomó el micrófono como haciéndole un favor, y sin remiendos se lanzó a la vertiginosa tarea de hilvanar poemas con partículas de aire, una urdimbre de amigos y bienestar, porque con poco se es feliz, y a ese poco, que es todo él un universo, hay que saberlo relatar.

No logro recordar su poema, se lo dedicó a los cantores, esos que andan de escenario en escenario, esos para los que la tierra toda es un espectáculo. Esos que caminan cantando y cantan al dormir, a ellos y su gran tablado les habló, agradeció con rimas y cuartetas, con la simpleza y la humildad de los escritores más encumbrados. Y lanzó sus versos al viento, como una copla, sin más forma de retenerlo que haciendo fuerza con la memoria, sin más forma de atraparlo que dejarse afectar.

Bajó del escenario y se subió al cielo. Tomó la mano de la chica de la primera fila, de estrecha cintura y un rojo vestir que hubiera puesto loco a cualquier toro. Entonces bailó nuevamente con ella, pañuelo contra pañuelo, una brisa colorida, un conglomerado de palabras y músicas, una síntesis, eso era nuestro Frankenstein, una síntesis…

Ella, no podemos dejar de mencionarlo, se dirigió con cierta condescendencia al principio, como si tratara con alguien menos digno, disminuido de algún modo. Él dejó pasar aquel error garrafal de la novel hermosura, y sin pedir nada a cambio ofreció su danza de viejo camino, sin perder oportunidad para enlazar la nuca de la joven con su pañuelo especialmente diseñado para enlazar muchachas. Y sin siquiera una insinuación de más, agradeció meticuloso y con la sonrisa por bandera se dirigió a la espera de una nueva afectación. Es que la música lo moviliza, tal como se mueven los átomos en primavera.

Lo ví acercarse hasta la mesa de los mas ricachones, niños tristes diría Carlos. Lo ví poner una silla y beber su bebida. Lo que antes era un abismo él tan sólo lo hizo puente. Con su estilo simple y directo, brilló el camino de la conciliación. Resulta que la bestia sabe de sí, y por sobre todo sabe conectar con la tempestad que anima la desolación actual. Nada esconde, todo lo ofrece, en diferentes lenguajes, todo lo suyo lo convierte un puente, al que se animan las personas ya cansadas de desconfiar. Él, que sabe del fondo, de lo más negro; él, viajero de mil callejuelas, de penurias y sorpresas; él, que aprendió el arte de amar, como estrategia para zafar de tanta violencia generalizada, sólo él pudo salvar la distancia e integrar en una charla amena, a los enconados caretas, resistentes a la fiesta popular. Esa síntesis que hace la bestia, salida del mismísimo barro santafesino, picado por mosquitos, hastiado de transpirar, ordenó las desconfianzas y la fragmentación, puso coto a la manipulación entre los individuos. Nada como la sinceridad de sus ojos escondidos, la suavidad de sus gestos percutidos, la añoranza de sus palabras de poeta que junta cartones en la calle porque está sobrado de riquezas.

 

 elnico

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