Contrafestejo, los pueblos festejan su libertad bailando

octubre 10, 2011

(hete aqui el crudo, es decir el que no está cocido)

 

Paraná vivió una nueva edición del denominado Contrafestejo, fue ayer por la tarde, en inmediaciones a la iglesia san Miguel, en lo que dicen se conoció como el barrio del tambor, cuando los insistentes golpes recorrieron las calles del centro, haciendo temblar las paredes al ritmo del piano, del chico y del repique, cuyo encanto escaló los muros vueltos blandas lonjas de cuero, y la ciudad toda fue un parche que los vecinos hicieron sonar. Tierra, agua, aire, fuego, pasado, ancestros, dolor, memoria pero también alegría, colorido y mucha esperanza protagonizaron la tarde del Contrafestejo, a la que asistió AIM, sin poder parar de bailar.

En diálogo con esta Agencia, y con los muchos otros que se acercaron hasta el lugar, la numerosa llamada de tambores recorrió con paciencia, insistencia, y mucha intensidad las calles Buenos Aires, Garay, San martín, y Colón hasta llegar al pasaje Baucís, donde estaban emplazados el escenario central para los espectáculos, y las muestras de fotografías, los servicios de cantina, y las familias que esperaban a los tamborileros, y su murmullo de bailarinas, bailarines, curiosos y fotógrafos.

 Un río de gente, coagulo de personas marchando lentamente guiados por un negro enorme, casi totémico que regía el malón de desheredados bailarines, lanzaba palabras galimáticas, vocablos mágicos que prendieron entre los numerosos jóvenes que acompañaban la caravana. Pronto, el sonido seco de los tambores movilizaba alguna fibra especial de los escoltas del espectáculo, y lo que antes era un vecino curioso, al instante estaba bailando, sudando.

Contrafestejar

Dícese de la tarea que realizan habitantes de Paraná, una vez a año, cuando en el calendario escolar se recuerda que Colón llego a América, se habla del “encuentro de dos culturas”, y aún más: se festeja. Contrafestejar consiste entonces en visibilizar la población que ocultó esa conquista, esa invasión, que a través de sus marcas sigue pensando nuestro presente, continúa pensándonos, con sus aditamentos de exclusión, e invisibilización. Por eso, en cercanías al 12 de octubre, fecha conmemorativa del mayor genocidio de la historia, Paraná recuerda que en su pasado hubieron negros, secuestrados de sus patrias para venir a trabajar, que la cultura triunfante desplazó a los márgenes de la ciudad, más cerca del río, y los recuerda tocando sus instrumentos, los tambores, por las calles en las que otrora vivieron esos negros, a ver si de tanto insistir con pegarle al parche, cuero y madera, despierta la tradición negra a reescribir su historia.

El caudal humano, y con él AIM, desembocó, alrededor de las 20, en el pasaje Baucis, que es también un pasaje a la historia, una porción de pasado emplazado en el corazón de la ciudad. Allí manifestaron su furia de cuero caliente y manos ardientes los tamborileros, y su coro de bailarinas poseídas que al callar los tambores pudieron volver a la realidad. El resto fue obra del azar, en ese callejón de sueños empedrados sin más techo que el cielo adornado con luces de colores, y el murmullo constante de las gentes en alegría que se encontraban después de 500 años, para celebrar estar vivos y juntos.

Sonaron sus músicas, bailaron sus bailes, los más osados jugaron a los malabares con antorchas prendidas fuego, para el asombro de los niños boquiabiertos. Un mosaico de proesas y colorido, también la palabra y política estuvieron vivos a través de los stands de ventas de libros. Zancudos malabaristas, equilibristas y payasos, músicos, bailarines, negros y blancos, poetas, poetizas, y enamorados del devenir de la historia, y de la sonrisa del pasado. A la noche larga y agradable acompañaban cada tanto, su lenguaje de repiques los tambores con su encanto.

 Al despedirse este cronista, lejos en el aire de la ciudad, se pudo escuchar retumbar, retumbar. Era cerca del río, donde provenían estos golpes, sin nadie que los relate, sin nadie que los note: se oye el graznido gutural de un mito que despierta.

Por Nicolás Rigaudi, AIM

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