Crónicas umbandas 1: no comerás ajo

diciembre 16, 2011

“No puedo prometerte nada, hermosa”, dijo él con ella entrelazada en sus brazos mientras contenía un eructo con mucho gusto a ajo. “Prometeme que te vas a lavar más seguido los dientes”, alcanzó a esbozar ella, mientras fruncía el ceño a modo de resistencia ante el improperio de su aliento, y agregó: “y que no vas a comprar más esos calzones del 24”.

Ahí se produjo el colapso: “con los calzones no, eso si que no, te lo advertí una y mil veces, calzones, papas fritas y el porron del 24 son mi cielo, y mi tierra la plaza del bombero, a la que si querés te invito a ver las estrellas”, le dijo, en un intento desesperado por restablecer un clima afectuoso.

Pero ella, fastidiada por la reincidencia en esa cultura chatarra (era muy jipi para tal fragmento deshilachado de cultura urbana) desarmó esa compleja madeja de piernas, bellos púbicos y brazos, buscó entre las sábanas su bombacha y dijo: “me marcho”, y él entre risas y llantós preguntó desencajado: “¿por qué?”, “porque sos un putrefacto”, respondiole, la bella huyente y embravecida.

El portazo no dejó aún de retumbar entre las telarañas acumuladas en el techo y los rincones cuando el cuerpo se volvió a recostar, y entre una baranda a ajo infernal, y los eructos de la cerveza decidió levantarse rápido e ir al baño, antes de mearse hasta la cabeza. Una vez frente al inhodoro, desnudo con el coso en la mano, y apoyado con el otro brazo contra la pared, miró el agua correr y se dijo: “soy un boludo”.

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