Secreto de mujeres

marzo 9, 2012

Fue durante la noche, sin brillo, si ruido, un discreto pero preciso ritual. Las mujeres se bajaron de los autos, otras vinieron de a pie, en bicicleta y hasta en carros tirados por caballo. Traían flores, regalos, ofrendas de diversos tipos. Nos se hablaban, pero cada una sabía qué hacer, y lo hacía de manera coordinada con el resto, en un movimiento grupal casi coreográfico.

çVaya uno a saber en qué mesa, en qué unidad básica, en qué casa de barrio planificaron, como todos los años, este ritual. La solemnidad de su silencio, de sus pasos lentos y sus movimientos suaves, además de las flores y los regalos daban cuenta del homenaje. Como si la palabra ensuciara el acto mismo, y la figura de la homenajeada se llevara consigo la posibilidad de nombrarlas.

No hay palabras posibles para decir el dolor y la esperanza después de ella. La madre de las luchas, pario millones. La historia del pueblo quedó mutilada después de su paso, y un vacío profundo exhala el tedio de tenerla en el bronce, y no ya en el balcón, blandiendo el histórico sufrimiento de los humildes, y su reparación, también histórica.

Estas mujeres, aquí de nuevo, en un rinconcito de la patria que quizás no conoció su paso, la honraron.

Con las manos juntas a la altura del pecho, cerraron los ojos y cada una a su modo agradeció su esfuerzo, su paso encantado, poniéndole nombre a la injusticia. Agradecieron, lo mismo que a una deidad.

Síntesis mestiza de religión y política. Las verdades anidan cerca del dolor.

Los cuerpos allí juntos, todos de una misma especie, se mantuvieron quietos por un largo instante, en un ejercicio de introspección individual y colectiva a la vez.

Sin siquiera un gesto de coordinación, y a modo de coro, las allí presentes abrieron sus bocas desdentadas, flexionaron los músculos de sus caras zurcadas por el tiempo y el esfuerzo, en una tarea de metamorfosis colectiva que comenzó entonando las estrofas de la canción Evita Capitana.

Palomas, murciélagos, linyeras, policías, bandidos, remiseros, todos se quedaron quietos ante la emergencia de tal solemnidad. Una fuerza superior emanaba de ese círculo de mujeres, en torno al busto, adornado con flores, cartas y coronas, que se impuso a fuerza de silencio y organización recordando a su mentora, a su decidora, a su abanderada. Nadie chistó, sólo el canto coral de las convocadas por el dolor y la esperanza, sólo el llanto inherte comenzó a moverse en el rostro de algunas de ellas, en aquella misa cantada y secular.

Al finalizar, una de ellas tomó la palabra. El resto escuchó atenta, sin sorprendeser. Pidió por la compañera que la historia abriga, y pidió también valentía para otra mujer grande. “La única entre nosotras que se animó a tomar su bandera, con fuerza, con entereza, por sí misma y por todas nosotras”, dijo reconociéndose en la actual conductora. “La historia no nos regala nada, tenemos que defenderla, cuidarla”, concluyó el imperativo acto de identificación y de resguardo.

Luego cada una retomó su senda. Algunas en carros, otras en moto, bicicleta o auto. Las más de a pie. Rompieron la formación, se secaron las lágrimas, y salieron nuevamente en silencio, casi sin saludarse, como si no se conocieran, o si, pero en secreto.

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