A su imagen y semejanza

mayo 7, 2012

Fue durante largas noches, en un oscuro subsuelo, sin más luz que las llamas del horno, Las leñas la trajeron los hacheros, el metal los mineros, torneros, metalúrgicos, ferroviarios, escultores, poetas y pintores. Las costureras elaboraron sus ropas. Docentes, maestras, intelectuales, periodistas discutieron sus ideas. Desde lejos los portuarios trajeron las joyas y las nuevas palabras. Ángeles y demonios templaron su espíritu. Las ancianas de cada pueblito le contaron cuentos, y trajeron mitos a sus oídos. Militares comprometidos con la liberación de su patria hicieron su venia y le contaron de estrategias. Por fin, un siete de mayo de 1919, las voces lejanas del pueblo oprimido, de los descamisados, los humildes, los cabecita negra, dotaron a la gigante de voz. Y con su nuevo timbre se abrió paso entre palabras y relatos, para pasar a la historia. Evita, prontamente la nombraron.

La gigante del pueblo tardó largos años en forjarse, en el subsuelo de la patria que quería liberarse. Muchas generaciones pasaron por esa caverna misteriosa que ofició de taller. Hasta que salió a la luz e hizo historia. Y viendo la ineficacia del cáncer para matarla, los trabajadores, siempre huyendo de las vanguardias iluminadas se dieron a la tarea de forjar una nueva gigante, a su imagen y semejanza.

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