Lo vi

marzo 7, 2013

“Vos tenés q escribir, eso tenés q hacer”, me halagó. Y me dieron ganas de escribir, claro. Acá estoy.

Sus palabras me nombran. Mientras mueve con juventud los surcos de su rostro adulto, continua rastreando en el entorno las pistas de un mundo otro, la puerta para pasar a otra dimensión.

Y encuentra. Una mancha casi sin forma, alguna cosa obsoleta en la repisa, un color, una textura o un sabor. Todos son puentes para el, puentes por los que cruza constantemente yendo en todas direcciones. De ida, de vuelta, hacia arriba y hacia abajo.

“Toda luz tiene sus sombras”, advirtió, como al pasar, mientras tomaba fernet mezclado con la gaseosa más barata del mercado.

Otras veces se detiene en una palabra y la rodea con la alma de un cirujano. E introduce sus dedos gruesos de obrero en ese delicado cuerpo que es el lenguaje. Y Lo embarduna con condimento, lo sazona y lo tira a las brasas, que es algo así como al mundo.

Entonces ahí anda, debajo de su boina, subido a su barba, rodeado de palabras que son perros que le ladran, a él, caballo. Da gusto verlo, tirando de su carro, como la madre coraje, pero dando la guerra, ensanchando la trinchera, haciendo sonar la alerta, convocando, tomando mate, compartiendo un trago, haciendo, recorriendo la historia, como un eternauta.

Le sobrevuelan sus memorias de paredones pintados, de noches frías, de resistencia, riesgos, de vida y sus cornisas, de enemigos, conocidos, compañeros y amigos. Lo sumerge el recuerdo y un atisbo de lo colectivo se le filtra en cada término, en cada respuesta, en cada propuesta y en cada adjetivo.

Lo sobrevuelan, como abejas. Hacen ruido. Lo pican las preguntas, hondo le dejan su aguijón y su veneno, pero su piel es dura, su historia también. Y se endurece aún más, mientras más se enternece por dentro, y deja sus huellas de yetill negro, de hombre que viaja por todo el continente, hasta que ya no lo contiene, le queda chico y tira una barquita al mar, y empieza a hablar hasta que con sus manos arma las palabras que envuelven los vientos y lo impulsan. Con su negra piel bañada de la sal del mar.

Hombre de palabras que son hechos, hechos que hacen historias e historias que somos todos. Hombre que va y que viene, y espera en la puerta de su casa ver pasar. Hombre que no detiene, ni cuando duerme, porque hace lo que mejor le sale, que es soñar, y recuerda luego cuando despierta, para empezar a transformar.

Pasó por casa, una casa pequeña, sustentada en alientos y miedos, en deseos, promesas, fugacidades, poca experiencia. Pasó y miró con su alegre meticulosidad cada detalle, cada rasgo, cada huella de mi mundo. Supo por donde anduve, las rutas por las que llegué hasta aquí. Supo de mi, de mi identidad, creo que intuyó también para dónde voy, capaz que lo sabe más que yo, incluso, pero anduvo aquí.

Una vez, hace diez años lo vi. Era la lucha misma encarnada en alguien. Lo vi irse en un auto algo desvencijado. Uno de los pocos modelos que aceptaba la conciencia de clase en aquel entonces. Y desde ahí me quedó grabado en la retina. Lo escuché varias veces, arrojar conceptos, conducir una columna, proteger a los compañeros, organizar y debatir. Lo vi construyendo el conocimiento verdadero, de a muchos, la solidaridad en un cuerpo, atando cabos, sanando almas, y andaba por el mundo, sembrando preguntas, inoculando palabras, términos, que no son más que mecanismos, magias, para trocar lo que duele en un verdadero jardín florido.

Así lo vi, transeúnte de las calles del pueblo, de las veredas de las gentes, de sus escalones, de sus baldosas flojas, de su variopinto tendero. Lo vi, lo escuché, me acerqué, y de yapa lo escribí. En un huequito de tiempo, con la frivolidad que implica la cola larga de un supermercado, y la poca poesía que puede implicar escribirlo en un celular. Pero creo que tiene que ver con eso de las contradicciones, y eso del pueblo. Pero le hice caso al fin y al cabo.

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