Virgen clandestina

marzo 18, 2013

Sabuesos del poder huelen, rastrean por los campos, los pasillos, la sangre hedionda de un poder en disputa. Un hueso. Arriba sobrevuelan carroñeros.

La cámara al ras del piso ralea los pastizales de un campo abandonado, busca algo esa cámara que fagocita uno a uno los centímetros de la pampa. En su soledad, desespera y se encuentra con el hocico ensangrentado de uno de los perros. Se huelen, una vez más, la cámara, los perros, los carroñeros gritan en el cielo.

En medio de la búsqueda, desesperada, una corrida, feroz, un intenso esfuerzo por delinear una estrategia. Una pausa en un lugar en el monte. Unos troncos, escondite. Respirar. Esperar. Escuchar, hasta hacerse uno con el silencio. Entonces, recién entonces, hablar. Bajito, claro.

Tejer, urdir una simple pero efectiva trama de palabras, razones, argumentos, mecanismos, simples, pero potentes. Y continuar la corrida, con el bebé en brazos, sin llamar la atención. La madre, coraje, corre y dialoga, parece que lo hace sola, ¿enloqueció? ¿Con quién habla? Corre, camina.

Cerca un río ancho también corre. Naves pequeñas lo surcan, abriendo su piel de una tajada. Gentes pobres mueven los remos, la piel cansada, los ojos pequeños de tanto sol.

Una mano tendida, la confianza que clarea en aquel rostro moreno, negro. La mano tendida. El tiempo. No hay tiempo, hay que cuidar de él. “Llévame despacio, que estoy apurada”, habría dicho. Así fue.

Sin embargo los candiles no fueron suficientes. Cuando volvió a pisar tierra, la tierra había cambiado. Las gentes hablaban otras lenguas. Las sombras ya no fueron frescas, de descanso, sino frías, de esas que hielan hasta los huesos.

Camino con la desconfianza a flor de piel. Se dirigió hasta una casa, donde la esperaban y sólo encontró desolación. Los sabuesos habían pasado. Crecía la desesperanza, la desazón. El niño clamaba de hambre.

Y corrió, pidió comida, suplicó. Ya nadie la reconocía, el niño hambreado hervía su sangre, su piel pegada a la suya, envuelto en trapos que eran andrajos, caminando desvalida por entre los rincones. La arrinconaron en el abandono. Fue hasta el río, pero el navegante ya no estaba. La mano tendida tampoco.

Los sabuesos la habían arrinconado, la aislaron. Un delicado pero contundente rumor había raleado las charlas cotidianas en el mercado, en las misas, en las escuelas, y en los hogares durante la cena. Esquirlas de un discurso volátil, lábil dieron vida a su descrédito, entonces no hubo misericordia. Todo apuntaba a ella, nadie la reconocía.

La sangre hedionda lo impregnaba todo. Una sombra gris la acechaba. Y vuelta el viaje, el sueño de los puertos del mundo, los periódicos más prestigiosos, la denuncia, pero los carroñeros tampoco le quitaron el ojo. La persecución continuaba.

Fue entonces que una mano volvió a tenderse. Y rompió el silencio, el misterio, la desconfianza, volvió a tender los puentes. Entonces pudo calmar a la criatura, también calmar su hambre. Volvió a respirar más largo, a poder planificar. Volvió a ser dueña de su propio tiempo e invocar a la historia misma. Fue ahí, en esa vieja casita de adobe que preparó los elementos para su nuevo ritual, y ungiendo al niño con el barro de ese suelo, nombró las palabras de sus antepasados, obreros, trabajadores, mujeres; esos mecanismos secretos, conjugaciones, oraciones, letanías, hasta embeber el pequeño cuerpo y envolverlo en renovadas banderas.

Al nombrarlas, el rancho entero vibró. La escucharon en el barrio, y las mujeres más viejas primero, pero las otras también, se fueron rápidamente a su encuentro, entonces la reconocieron.

Cayó exhausta, agotada, vacía. Había invocado a la historia misma, en toda su densidad, y ungió al niño en esa sopa espesa de identidad. Un constructo nuevo que dejó en manos de esas otras mujeres bravas, que lucharon por él. Fueron sus abuelas, sus madres, sus centinelas, sus inspiradoras, sus animadoras.

Entonces, avanzar le fue inevitable. Mucha energía animaba sus músculos, historias por sus venas, una argamasa de cuerpo y pueblo, una verdadera encarnación.

Los sabuesos aguardan, los carroñeros sobrevuelan, mientras él continúa, con pie firme, por entre los pastizales, los barrios, los pueblos, pareciéndose a ellos, absorbiendo su dolor, dando lugar a su esperanza.

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