El altillo crispado de una colonia virreinal

abril 20, 2013

Una sombra innombrable, indecible. Algo sin término, un cuerpo flácido, como sus ideas, un colectivo invertebrado, un gusano obscuro y abstruso, ruidoso, que se arrastra, con la lentitud de una sierpe, morbosa y gorda, que todo lo ahoga. Constriñe.

Se arrastra, deforme y escalofriante, por las calles, otrora alegres, coloridas, repletas de consignas, de reivindicaciones, de futuro. Pero esta vez no. Ahora se arrastra, fuera de tiempo, a contramano de la historia, es una marcha atrás, una movida para que nada se mueva, para que todo siga quieto, y si es posible para atrás ¿cuánto? ¿Diez años? ¿20? ¿30? ¿Cien tal vez…? Vaya uno a saber…

Pero eso es difícil de expresar, no tiene cuerpo, no tiene rostro, es anónima y gritona, una criatura incruenta, babosa, una constructo de la antihistoria

No es movimiento, sino detención

No es palabra, sino ruido

No es colectivo, sino amontonadero

Sin embargo se yergue por entre las flores y se asume receptáculo de la legalidad, de la legitimidad, se asume lo nuevo y lo viejo, se asume lo último y lo primero, lo fundamental, lo único, lo todo, y es nada…

Nuevo en esto de andar, pero viejo en eso de constituir, de ponerle el cuerpo a lo terrible, algo así como el fundamento mismo del Ser, una ontología era su paso apurado para detener, una pulsión de muerte, una vuelta a esos años del infierno, perder una década, desandar los caminos, dejar atrás las palabras, los nuevos prados, el trabajo, el verde de la libertad, el mundo, la dignidad

No parecía el subsuelo de la patria sublevado, eso está claro, más bien era algo así como el altillo crispado de una colonia virreinal

Entonces se juntan a gritar, una especie de catársis histórica que drena las energías que acumulan por no poder fornicar con la historia, ellos no engendran, abortan, y se envenenan solos, se sienten desnudos, por eso usan ropas y marcas y modas y coloridos, hacen ruido, se muerden la cola, se palpan ineptos, impotentes, eunucos, y fabulan e intrigan, no se muestran, escupen, vomitan, conspiran, se entusiasman, arrancan, toman vuelo, pero como le pasa al murciélago que está en el suelo, no pueden despegar, básicamente porque no sabe de alturas, más bien de chaturas, de cortedad…

Entonces se vuelve a su casa, desparramada, deshilachada, con una sonrisa en el ojal, y cara de puchero en el sombrero, con la camiseta de la selección del 78, manchados de sangre vuelven después de vitorear la recuperación de las islas, ganamos decían, al fin se van los comunistas, fueras yankees de Irak repetían, otros desde el corazón del gentío, al ladito de un viva el cáncer, junto a un derechos y humanos, saquen a la yegua y por algo será…

Era mucho, sin dudas. Un vacío además, que todo lo absorbía, y devolvía mezclado con un barniz determinado pero sin poder decir, algo tan terrible que no se podía nombrar, daba miedo, el miedo que provocan las cosas que no se pueden parar, el terror gigante de saber que adelante está el precipicio, y que están empujando hacia él, irremediablemente sin saber, la mayoría de las veces, o convencidos, crédulamente, de que saben volar, ja!. Sálvese quien pueda…

 

Elnico

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