Abuela Nancy

agosto 24, 2013

Esta semana se cumplió un nuevo aniversario de la muerte de mi abuela Nancy. Me lo recordó mi viejo, con un mensaje de texto. Cuando lo recibí dejé por un instante de hacer las dos cosas que estaba haciendo: leer y escribir noticias, es decir, trabajando. Y me detuve a pensar en la persona que me enseñó, justamente, a leer y a escribir, mi abuela.

Ejercía el misterio con mucha soltura mi abuela. Escribía poesías, alta timbera, supersticiosa (le escapaba a los rengos porque traían mala suerte), y llena de leyendas. De algún modo supo encarnar ciertos tabúes mi abuela: mujer, madre soltera, y también seguidora de Evita. Supo andar armada cuando la situación lo ameritaba, y si algo raro pasaba le echaba un tiro a la maceta en el patio, como para despejar la cosa.

Sabemos todos en la familia que fue siempre muy sensible a las injusticias, en especial la de los varones sobre las mujeres, quizás porque le ha tocado vivir algún episodio de ese tipo. Supo de aguantar a sus amigos, aún poniéndose ella en serios riesgos, y también supo guardar secretos, hasta esos más dolorosos, los que le hirieron el corazón para siempre.

Flaca a rabiar, fumadora de todo el día, con los dedos amarillos, el mate siempre en la otra mano, y una sonrisa en la cara. Muy laburadora, changarina, vendedora, era un solo chamuyo la vieja. Adoptaba a cuanta mujer sola anda por el mundo, y para todos en la casa tenía una tarea. Una verdadera compinche, de esas a las que enseguida uno empieza a querer.

La recuerdo entre rollos gigantes de guata con los que rellenaba las camperas de colectiveros que cosía en un pequeño cuarto de la casa junto a sus compañeras. Ahí me enseñaba a leer con un libro enorme de cuentos. La recuerdo riéndose, llena de alegría.

Lamentablemente estuvo poco entre nosotros. Pero en mi caso dejó algunas enseñanzas básicas, que son hoy herramientas fundamentales, como leer y escribir. Vaya si le debo cosas: la curiosidad, la búsqueda de conocimiento. Siempre se preocupó mucho por nuestra educación, por los colegios a los que íbamos.

Todavía la ando buscando, en cada vieja y viejo que veo. En algunas poesías, en los barrios, en la radio cuando escucho algún tango, cuando pasan la tómbola, en los números de la suerte, en la verdulería, donde levantan la quiniela clandestina, o si veo una carrera de caballos. La veo en una calle de tierra en el barrio, en las casas humildes, pequeñas, con puertas que son cortinas, en los patios con enredaderas y tablones. Toda Buenos Aires me recuerda a ella, a esa bohemia y sus suburbios, sus dolores, sus humildes alegrías como saberse rodeada de amigos, generando afectos, lazos, territorios, cuando todo en nuestro país apuntaba a lo contrario, a separar.

No es este el mejor homenaje que pudiera hacerle, pero es el que me salió hoy, rápido, recordando, con el corazón, como la palabra lo indica.De puras carcajadas con la abuela y jopi

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